LA DEFLACION QUE SE VIENE: La tormenta completa

Por Mookie Tenembaum

A lo largo de cinco entregas fui construyendo un argumento con paciencia. Voy a resumirlo antes de llegar al cálculo final, porque lo que importa es que se entienda el panorama completo, no las piezas por separado.

Partimos de una declaración reciente de Mike Hunstad, responsable de la división de gestión de activos de Northern Trust, una firma financiera que administra más de un billón y medio de dólares. Hunstad dijo que la inteligencia artificial va a ser, en sus palabras, “masivamente desinflacionaria”, y pidió al banco central estadounidense que no moviera las tasas de interés hasta entender mejor el fenómeno. Esa declaración, pasada relativamente desapercibida en el debate público, describe algo mucho más importante de lo que la propia declaración admite.

Expliqué la diferencia entre tres conceptos que la gente suele confundir. Inflación es cuando los precios suben. Desinflación es cuando los precios siguen subiendo pero más despacio. Deflación es cuando los precios efectivamente bajan, fenómeno que parece buena noticia pero que en la práctica es una de las peores enfermedades económicas conocidas, porque la gente posterga las compras esperando precios aún más bajos, las empresas venden menos, despiden trabajadores, los trabajadores despedidos consumen menos, y la economía entra en una espiral de contracción que es muy difícil de detener. Japón la sufrió durante veinte años desde 1990. Estados Unidos la sufrió durante los años treinta, con consecuencias catastróficas.

La tesis que vengo defendiendo es que la inteligencia artificial, por una combinación de cuatro fuerzas operando simultáneamente, puede empujar a la economía mundial hacia la deflación en la ventana que va aproximadamente de 2028 a 2032. Expliqué cada una de las cuatro fuerzas en entregas separadas.

La primera fuerza es la caída del costo de producción de las materias primas básicas. Agricultura de precisión con sensores, drones y sistemas automáticos de fertilización y riego que permiten producir un veinte por ciento más de soja o trigo con un treinta por ciento menos de costo. Minería con camiones sin conductor y sistemas de optimización que hacen el cobre y el hierro un quince por ciento más eficientes. Como estos commodities son el ingrediente básico del pan, del auto, del refrigerador y del edificio, sus precios terminan trasladándose a lo que compra el consumidor final.

La segunda fuerza es la aparición de un mecanismo nuevo de compra llamado subasta invertida. Los agentes de inteligencia artificial van a ejecutar compras en nombre del consumidor, haciendo pujas a la baja entre los vendedores, lo que va a comprimir dramáticamente el margen del comercio minorista. Este efecto se va a amplificar cuando se combine con el deterioro del valor social de las marcas, que dejan de ser signo de estatus para pasar a ser signo de ingenuidad en un mundo donde la clase media pierde poder adquisitivo.

La tercera fuerza es la compresión de los servicios profesionales y la intermediación financiera. Abogados, contadores, consultores, bancos, aseguradoras. Hasta ahora toda la tecnología anterior no había logrado bajar significativamente estos precios. La inteligencia artificial, por primera vez, puede hacerlo, porque puede reemplazar directamente el juicio profesional que era la barrera de entrada.

La cuarta fuerza es la más grave y la más peculiar. Mientras las tres primeras operan bajando costos del lado de la oferta, esta opera destruyendo la demanda. La inteligencia artificial está diseñada para automatizar trabajo cognitivo, que es precisamente el tipo de trabajo que realizan entre cuarenta y cincuenta millones de trabajadores estadounidenses de clase media. Cuando estos trabajadores pierden su empleo, no solo bajan los salarios del sector; también se derrumba el consumo que ellos sostenían. Presión hacia la baja de los precios por el lado de la demanda, no solo por el lado de la oferta.

Ahora viene el cálculo agregado, que es lo que faltaba. Hay que ser claros con los órdenes de magnitud para que se entienda por qué este panorama es distinto de lo que cualquier economista mainstream está proyectando. Los economistas trabajan con lo que llaman “puntos básicos”, donde cien puntos básicos equivalen a un uno por ciento. Voy a usar esa convención para que los números no parezcan inflados.

Mi estimación, basada en los estudios académicos y empresariales citados en las entregas anteriores, es la siguiente para el impacto anual de cada fuerza durante el período de mayor intensidad, que se proyecta entre 2028 y 2030.

La primera fuerza, commodities, aporta entre quince y veinte puntos básicos por año de presión deflacionaria. Con una salvedad importante. Durante 2026 y 2027, el propio despliegue masivo de la infraestructura de inteligencia artificial, los centros de datos que consumen enormes cantidades de cobre, acero, aluminio y electricidad, genera presión al alza sobre los commodities. El efecto neto de esta fuerza es inflacionario al principio y deflacionario después. El pico de impacto deflacionario llega hacia 2029 o 2030.

La segunda fuerza, la subasta invertida amplificada por la erosión del valor de marca, aporta entre noventa y ciento cuarenta puntos básicos por año durante la ventana crítica. Es la fuerza más potente y la que alcanza su pico más rápido, entre 2028 y 2029, porque la infraestructura técnica para que los agentes ejecuten compras masivas estará disponible a fines de 2026 y plenamente adoptada hacia 2028.

La tercera fuerza, servicios profesionales e intermediación financiera, aporta entre diez y veinticinco puntos básicos por año. Es menor en magnitud que las otras dos, porque los servicios profesionales y la intermediación financiera son una fracción menor de la canasta de consumo que las materias primas o los bienes minoristas. Pero es importante porque actúa sobre sectores que hasta ahora eran refractarios a todo cambio de precios.

La cuarta fuerza, destrucción de demanda por desplazamiento laboral, aporta entre cincuenta y cien puntos básicos por año. No actúa sola sobre los precios, sino amplificando el efecto de las otras tres fuerzas al retirar demanda agregada del sistema.

Sumadas las cuatro fuerzas, la presión deflacionaria total durante el período de mayor intensidad queda entre ciento sesenta y doscientos ochenta y cinco puntos básicos por año. Traducido a lenguaje no técnico, entre uno y medio y cerca de tres por ciento anual de presión hacia la baja sobre los precios.

Para entender qué significa esto, hay que compararlo con la inflación que normalmente habría sin inteligencia artificial. La economía estadounidense, por dinámica propia, tiene una inflación estructural de aproximadamente dos y medio a tres por ciento anual en condiciones normales. La meta declarada del banco central es dos por ciento. Si a esa inflación estructural se le resta la presión deflacionaria que proyectamos, la inflación efectivamente observada puede caer a valores entre cero y un uno por ciento. Es decir, muy por debajo de la meta del banco central. Y si las condiciones son más adversas, la inflación observada puede incluso ser negativa, lo que significa deflación propiamente dicha.

Acá es donde el problema se vuelve monumental, y donde se conecta con la pregunta que plantea Hunstad sobre qué debería hacer el banco central.

La Reserva Federal de Estados Unidos tiene herramientas diseñadas para combatir la inflación excesiva y para estimular una economía en recesión. Sus instrumentos fueron construidos entre los años treinta del siglo pasado y los años ochenta. Bajar las tasas de interés para estimular consumo e inversión. Comprar bonos para inyectar dinero en el sistema. Comunicar expectativas de tasas futuras para orientar las decisiones de empresas y hogares.

Todos estos instrumentos asumen un mecanismo de transmisión específico. El banco central baja la tasa, eso abarata el crédito, las empresas toman crédito más barato para invertir y las familias para comprar casas y autos, eso reactiva la economía, eso genera empleo, eso sube salarios, eso sube precios hasta llegar al nivel buscado.

El problema es que este mecanismo no funciona cuando la causa principal de los precios bajos no es falta de crédito sino destrucción de demanda por desempleo tecnológico. El trabajador de cuello blanco que perdió su empleo no toma un crédito hipotecario más barato, porque no tiene ingreso para garantizarlo. La empresa tecnológica que se benefició de la automatización no necesita crédito, porque nada en efectivo. El banco central puede bajar las tasas a cero, y la economía sigue sin reactivarse. Exactamente lo que le pasó a Japón durante veinte años.

Algo parecido ocurrió con el shock desinflacionario de la globalización china entre 2001 y 2010, pero en magnitud mucho menor. Aquel shock aportó quizás entre veinte y treinta puntos básicos anuales de presión deflacionaria, y aun así los bancos centrales tuvieron dificultades para alcanzar sus metas de inflación durante una década. El shock que se viene es entre cinco y diez veces más potente que aquel, concentrado en la mitad de tiempo.

Hunstad, con toda su experiencia, se limita a decir “masivamente desinflacionario” y pide cautela. La realidad, si mi análisis es correcto, es que “desinflacionario” es una palabra demasiado suave para lo que viene. El término correcto, temible pero técnicamente preciso, es “deflacionario estructural con componente distributivo”. Es decir, no solo los precios caen, sino que caen en combinación con destrucción masiva de ingresos de clase media, lo que impide que los mecanismos automáticos de ajuste funcionen.

Kevin Warsh, el nominado por el presidente Trump para dirigir la Reserva Federal a partir de mayo, propone bajar las tasas preventivamente anticipando este escenario, comparándolo con los años noventa bajo Alan Greenspan. Jerome Powell y otros funcionarios actuales prefieren esperar a ver los datos antes de mover tasas. Philip Jefferson, vicepresidente de la Reserva Federal, señala que la inversión en infraestructura de inteligencia artificial es inflacionaria en el corto plazo, y que los efectos sobre productividad tardan más en manifestarse.

Todos ellos tienen razones parciales, pero todos están mirando el fenómeno con anteojos del siglo veinte. El debate actual supone que la inteligencia artificial es un shock más dentro del conjunto de shocks que los bancos centrales saben manejar. Mi tesis es que es un shock de naturaleza distinta, de magnitud distinta y de velocidad distinta, y que las herramientas con las que el banco central piensa enfrentarlo son inadecuadas para el tipo de fenómeno que se aproxima.

Los próximos años van a ser pedagógicos. Probablemente 2026 y 2027 todavía van a ser relativamente inflacionarios, porque el efecto de la construcción de infraestructura domina sobre el efecto deflacionario. Eso va a alimentar la idea de que el problema real sigue siendo la inflación y de que la inteligencia artificial es un factor menor. A partir de 2028, si mi análisis es correcto, los datos van a empezar a mostrar una caída de la inflación mucho más rápida de lo esperado. El banco central va a reaccionar bajando tasas, probablemente tarde y con magnitud insuficiente. Entre 2029 y 2031 se va a probar si las herramientas monetarias convencionales alcanzan o no. Mi apuesta, y la apuesta lógica a partir del análisis precedente, es que no alcanzan.

Lo que sigue después es tema para otras discusiones. Qué instrumentos nuevos harían falta para un banco central enfrentado a este tipo de shock. Qué rol debería cumplir la política fiscal. Cómo debería reorganizarse la distribución del ingreso cuando el trabajo cognitivo se automatiza masivamente. Si las instituciones monetarias del siglo veinte son adecuadas para el siglo veintiuno, o si hace falta una refundación institucional de fondo. Todas estas preguntas merecen artículos separados, que desarrollaré en el futuro.

Por ahora, quédense con esta idea. Lo que Hunstad vio pero no terminó de nombrar, y lo que Warsh y Powell discuten con categorías inadecuadas, es el shock deflacionario más importante de los últimos cien años. La cuestión no es si el banco central va a alcanzar su meta del dos por ciento. La cuestión es si esa meta va a tener que redefinirse a la baja, y si las instituciones actuales están en condiciones de gestionar la transición.

Esto se escribe en abril de 2026. Si todo sale como proyecto, hacia fines de 2029 estas líneas deberían leerse como descripción y no como pronóstico. Queda anotado.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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