Stargate: la arquitectura material de lo que viene

Por Mookie Tenembaum

Existe un proyecto llamado Stargate. Lo financian OpenAI, Oracle y SoftBank. Cuesta quinientos mil millones de dólares. Para 2029 habrá construido siete centros de datos en territorio norteamericano con una capacidad combinada superior a nueve gigavatios. El lector que no habita estos temas necesita una traducción, porque los números sin contexto son ruido. Nueve gigavatios equivalen al consumo eléctrico máximo de la ciudad de Nueva York en un día de verano. Dicho de otro modo, siete galpones en medio del campo texano, novomexicano y del medio oeste consumirán tanta electricidad como ocho millones de personas con sus hospitales, sus subtes, sus oficinas y sus heladeras.

Esa electricidad alimentará chips. Los chips son el equivalente contemporáneo de los ladrillos con que se levantaron las catedrales medievales, solo que piensan. Cada chip de los que se instalarán en Stargate, de la familia Blackwell primero y Rubin después, realiza operaciones matemáticas a una velocidad que ninguna mente humana puede concebir. Nueve gigavatios alcanzan para alimentar el equivalente a veinte millones de chips H100, que es una generación anterior usada como unidad de medida. Y ese número, veinte millones, coincide exactamente con todo el cómputo dedicado a inteligencia artificial que existía en el planeta entero a fines de 2025. Stargate, por sí solo, duplicará esa cifra mundial.

El emplazamiento más avanzado está en Abilene, Texas. Cuatro de sus ocho edificios ya funcionan. Produce 0,6 gigavatios y se proyecta que alcance 1,2 gigavatios hacia el tercer trimestre de este año. Los otros seis sitios están en obra. Hay dos más en Texas, uno en Shackelford y otro en Milam. Hay uno en el condado de Doña Ana, Nuevo México. Hay uno en Port Washington, Wisconsin, a orillas del lago Michigan. Hay uno en Saline, Michigan, cerca de Detroit. Hay uno en Lordstown, Ohio, que comparte terreno con una fábrica de servidores operada por SoftBank y Foxconn. Las imágenes satelitales muestran zanjas, cimientos, estructuras de acero, techos que empiezan a cerrarse.

Los constructores enfrentan dos problemas prácticos. El primero es la electricidad. Conectar una instalación nueva a la red eléctrica norteamericana lleva años porque las colas administrativas son largas. Para esquivarlas, al menos tres sitios construyen sus propias plantas de gas natural. Son centrales eléctricas privadas que alimentarán únicamente al centro de datos. El segundo problema es el agua. Los chips generan un calor extraordinario y deben refrigerarse. El método tradicional evapora millones de litros. Para evitar la protesta vecinal, seis sitios usarán refrigeración de circuito cerrado, un sistema donde el agua circula sin evaporarse, como la sangre en un cuerpo.

Para qué sirve todo esto

Aquí conviene detenerse. El lector razonable se pregunta por qué se construye semejante cantidad de capacidad de cómputo. La respuesta honesta es que nadie sabe con precisión qué se hará con toda esa potencia, pero la historia de la tecnología enseña algo constante. Cada vez que el cómputo se abarató o se expandió, aparecieron aplicaciones que nadie había imaginado antes de que existiera la capacidad para concebirlas.

Cuando Gutenberg inventó la imprenta, nadie pidió novelas. Había biblias manuscritas y eso alcanzaba. La imprenta redujo el costo del libro. El libro barato creó al lector. El lector creó a la novela. La novela creó a la burguesía lectora del siglo diecinueve. Nadie encargó esa cadena. La capacidad sobrante la desató.

Cuando se tendieron los cables de fibra óptica en los años noventa, los ingenieros calcularon un uso modesto. El tendido excedió la demanda varias veces. Durante años se habló de fibra oscura, kilómetros de cable desperdiciado. Esa fibra oscura hizo posible YouTube, el video en directo, las videollamadas cotidianas, el trabajo remoto, los servicios de streaming. La demanda no preexistía. La capacidad la convocó.

Cuando Intel y luego los fabricantes asiáticos abarataron la memoria de las computadoras personales, los programas crecieron hasta ocuparla. Aparecieron las interfaces gráficas, los videojuegos tridimensionales, la edición de video doméstica. Nadie encargaba editar videos en casa. La memoria sobrante lo hizo trivial.

Stargate responde a esta misma lógica. Los nueve gigavatios se construyen porque existe la posibilidad de construirlos y porque quienes los construyen intuyen, sin poder demostrarlo todavía, que los modelos de inteligencia artificial del año 2029 harán cosas que hoy no podemos siquiera nombrar. Entrenar un modelo de próxima generación requiere más cómputo que el anterior. Hacerlo funcionar para miles de millones de consultas simultáneas requiere más todavía. Los asistentes que operan durante horas sin supervisión humana, los sistemas que diseñan moléculas para fármacos, los tutores personales que acompañan a un alumno durante toda su escolaridad, los descubrimientos matemáticos asistidos, los modelos meteorológicos que predicen tornados calle por calle, todo eso necesita ese combustible.

China no compite

Conviene aclarar algo que circula como amenaza en la prensa económica. Se repite que China alcanzará o superará a Estados Unidos en esta carrera. No va a ocurrir. Las razones son estructurales y concretas.

Primera razón: las máquinas fotolitográficas de última generación, imprescindibles para fabricar chips avanzados, las produce una sola empresa en el mundo, la holandesa ASML. Por presión norteamericana, ASML no vende sus máquinas más modernas a China. Sin esas máquinas no hay chips competitivos.

Segunda razón: incluso las máquinas de generación anterior que China compró antes de las sanciones requieren mantenimiento, piezas de repuesto, actualizaciones de software y técnicos entrenados por el fabricante. El llamado MATCH Act y las restricciones derivadas cortan progresivamente ese acceso. Una máquina fotolitográfica sin mantenimiento es un monumento carísimo.

Tercera razón: SMIC, el principal fabricante chino, logró producir chips de siete nanómetros mediante trucos técnicos con equipos antiguos. El rendimiento productivo es bajo, el costo por unidad es alto, y el escalamiento hacia generaciones más avanzadas se vuelve matemáticamente imposible con esas herramientas.

Cuarta razón: la electricidad. China tiene capacidad de generación, pero su red presenta ineficiencias locales serias y la expansión eléctrica compite con necesidades residenciales e industriales prioritarias para la estabilidad social del régimen.

Quinta razón: el capital. El sector tecnológico chino sufrió una purga regulatoria desde 2021 que destruyó confianza inversora. Los grandes proyectos de centros de datos dependen de financiamiento estatal cada vez más comprometido con déficits municipales y provinciales.

China construye centros de datos, sí. Pero están una o dos generaciones detrás en el silicio, atados a un suministro eléctrico menos flexible, y financiados desde un sistema financiero que el propio régimen empieza a racionar. La carrera existe en los titulares. En los hechos, hay un solo corredor pisando fuerte.

El retorno como apuesta

Quinientos mil millones de dólares son una cifra difícil de imaginar. Equivale aproximadamente al producto bruto interno anual de Argentina. La apuesta reposa sobre un único cliente operativo, OpenAI, cuya rentabilidad todavía no fue demostrada en ninguna forma convencional. Oracle se juega su valuación bursátil en este contrato. SoftBank arrastra un historial de apuestas ruinosas en tecnología, desde WeWork hasta una larga lista que sus inversores prefieren no enumerar. El financiamiento combina capital propio, deuda, y estructuras de crédito privado cuya transparencia es limitada.

Si uno construye una autopista antes de que existan suficientes automóviles, la apuesta consiste en creer que los automóviles vendrán. La historia tecnológica sugiere que vienen. Pero la historia financiera también recuerda que entre el momento de la construcción y el momento de la amortización hay un intervalo donde los balances sangran. Quien financie autopistas vacías durante demasiado tiempo quiebra antes de que lleguen los coches.

Lo que viene

Hacia 2029, si Stargate se completa según su cronograma, la capacidad de cómputo dedicada a inteligencia artificial en un solo país habrá superado todo lo que existía globalmente apenas cuatro años antes. Esa capacidad encontrará usos. Siempre los encontró. Algunos de esos usos serán mundanos. Otros transformarán oficios enteros, como la imprenta transformó al copista y la fibra óptica transformó al cartero. Unos pocos usos resultarán revolucionarios en un sentido que hoy no podemos articular porque nos falta el vocabulario que esas mismas máquinas terminarán por proveernos.

La novedad no está en la tecnología específica. La novedad está en la escala material de la apuesta y en la velocidad con que siete puntos geográficos en el mapa norteamericano se convierten en los pilares físicos de una era. Los romanos tardaron siglos en tender sus calzadas. Stargate se construye en cuatro años. Lo que sobre de esa construcción, si algo sobra, será la materia prima de un mundo que todavía no terminamos de imaginar.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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