LA DEFLACION QUE SE VIENE: Qué pasa cuando los precios bajan en vez de subir
Por Mookie Tenembaum
Estos días Mike Hunstad, responsable de la división de administración de activos de Northern Trust, una firma financiera que administra más de un billón y medio de dólares, hizo una declaración que debería haber causado más ruido del que causó. Dijo que la inteligencia artificial va a ser “masivamente desinflacionaria”, y pidió a la Reserva Federal, el banco central de Estados Unidos, que no modificara las tasas de interés hasta entender mejor el fenómeno.
La palabra “desinflacionaria” suena técnica y fría, pero describe algo que va a afectar la vida de todos en los próximos cinco años. Conviene entender de qué estamos hablando antes de seguir.
Cuando los precios suben de manera sostenida, hablamos de inflación. Un kilo de pan que costaba mil pesos el año pasado y este año cuesta mil trescientos, ahí hay inflación. Argentina vivió inflación durante ochenta años, así que el concepto no necesita mucha explicación para un lector argentino.
Cuando la inflación baja de ritmo, hablamos de desinflación. Los precios siguen subiendo, pero más despacio. Si el pan pasa de mil a mil trescientos en un año y al año siguiente pasa de mil trescientos a mil quinientos, hubo desinflación. La suba fue del treinta por ciento primero y del quince por ciento después. Los precios nunca bajaron, solo frenaron su aumento.
Y después existe un tercer fenómeno, menos conocido y mucho más peligroso. La deflación. Cuando los precios efectivamente bajan. El pan que costaba mil trescientos ahora cuesta mil doscientos, y el año próximo va a costar mil cien. Los precios no suben más despacio; bajan.
A primera vista parece una buena noticia. Todo más barato. Pero en la práctica la deflación es una de las peores enfermedades económicas que existen. Japón la sufrió durante veinte años desde 1990, y todavía no terminó del todo de salir. Estados Unidos la sufrió durante los años treinta, en la Gran Depresión, con consecuencias sociales que incluyeron quiebras masivas de bancos, desempleo del veinticinco por ciento y una generación entera marcada por la escasez.
¿Por qué es tan peligrosa la deflación? Por dos razones principales. La primera es que cuando los precios bajan, la gente posterga las compras. Para qué comprar hoy un refrigerador a mil pesos si el año que viene lo voy a conseguir a novecientos. Todos postergan, el consumo se derrumba, las fábricas venden menos, despiden gente, la gente despedida consume aún menos, y se entra en una espiral que se autoalimenta. La segunda razón es que las deudas, en deflación, crecen. Si debo un millón de pesos y los precios bajan, ese millón que debo vale cada vez más en términos de cosas que puedo comprar. Los deudores se arruinan. Los bancos quiebran. El sistema financiero colapsa.
Por eso los bancos centrales del mundo tienen una meta explícita de inflación positiva, generalmente del dos por ciento anual. No buscan cero ni buscan que baje. Buscan una inflación chica pero positiva, precisamente para evitar que la economía se acerque a la zona de deflación.
Ahora, ¿por qué trae alguien a colación esto en el contexto de la inteligencia artificial?
Porque la inteligencia artificial tiene la capacidad, sin precedentes en la historia económica, de bajar costos y aumentar eficiencia al mismo tiempo en casi todas las actividades. Un abogado usando un sistema moderno puede revisar cien contratos en el tiempo que antes le llevaba uno. Un campo con sensores y sistemas automatizados de riego y fertilización puede producir un veinte por ciento más de soja por hectárea con un treinta por ciento menos de costo. Una mina de cobre con camiones sin conductor y sistemas de optimización puede extraer el mineral un quince por ciento más barato.
Cuando bajan los costos de producción en tantos frentes a la vez, bajan los precios. Y si bajan lo suficiente, no tenemos desinflación moderada sino deflación directa.
Esto es lo que Hunstad vio y puso en palabras. Pero Hunstad es cauto, y se quedó en “desinflacionaria”. La pregunta que este análisis va a intentar responder, a lo largo de varias entregas, es si Hunstad está subestimando la magnitud de lo que viene.
Para eso hace falta mirar en detalle varias fuerzas que están empezando a operar simultáneamente. La primera son los commodities, que es como se llama en economía a las materias primas básicas como el trigo, la soja, el cobre, el hierro. Los precios de estos bienes determinan el costo del pan, del aceite, del auto, del edificio. La segunda es la aparición de un mecanismo nuevo de compra llamado subasta invertida, donde en lugar del vendedor fijando el precio es el comprador quien recibe ofertas decrecientes. La tercera es la compresión de los servicios profesionales y la intermediación financiera, es decir lo que cobran abogados, contadores, bancos y aseguradoras. La cuarta, y probablemente la más importante, es la destrucción de empleo de clase media profesional, que al bajar los ingresos de millones de personas reduce la demanda general de bienes.
Cada una de estas fuerzas por sí sola podría ser manejable. Las cuatro operando juntas, en una ventana de cinco años, constituyen un shock que ninguna economía moderna enfrentó jamás.
Y lo más inquietante es que el banco central más importante del mundo, la Reserva Federal de Estados Unidos, no tiene herramientas diseñadas para este tipo de fenómeno. Sus instrumentos fueron construidos entre los años treinta y los años ochenta del siglo pasado para pelear contra problemas distintos. Es como si un médico tuviera un instrumental hecho para tratar fiebre y de repente le llegara un paciente con hipotermia. Los mismos instrumentos, pero aplicados al revés, pueden empeorar la enfermedad en vez de curarla.
En las próximas entregas voy a desarrollar cada una de estas fuerzas en detalle, con ejemplos concretos, para mostrar por qué la tormenta que se está formando es más seria de lo que nadie en el debate público está reconociendo. Y al final, en las últimas entregas, voy a discutir qué tipo de instituciones y de instrumentos harían falta para enfrentar este nuevo mundo.
Incluyendo una revisión honesta de las propuestas que se están discutiendo hoy en Argentina respecto del banco central, que tienen mucho más que ver con todo esto de lo que parece a primera vista.
Por ahora, quédese con esta idea. Cuando los economistas del banco central estadounidense discuten si la inteligencia artificial les va a ayudar a alcanzar su meta de inflación del dos por ciento, están mirando la situación con anteojos viejos. El problema que se viene no es llegar al dos por ciento. Es no pasarse hacia abajo.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.


